Rubén Méndez

Desigualdad Económica: “El Capital” y algo más

Por: Rubén Méndez Reátegui.

La desigualdad económica implica un tópico de discusión extenso y no pacífico. Esto es así, pues nos encontramos frente a un sinónimo de “distinción pecuniaria” entre los individuos que conforman una comunidad o una sociedad y que es asociado con las diferencias reales existentes en términos de renta o acceso a capital (o como se puede escuchar por la calle, de riqueza –material- acumulada).

Por lo tanto, desde este enfoque, cabe la posibilidad que conectar la idea de desigualdad económica con otras variables tales como la falta de igualdad de oportunidades o con un discurso donde el trasfondo posee un carácter utilitario e incluso ético-moral, es decir, la falta de equidad en la distribución de bienes e ingresos económicos (salario) procedentes del trabajo.

Sin embargo, esta breve revisión del concepto sólo devendrá en más y más preguntas. En este sentido, queremos rescatar una de ellas en particular: en un entorno donde prevalece la coexistencia entre agentes materialmente ricos y otros que no llegan a cubrir sus necesidades primarias, ¿cuáles son las grandes dinámicas que impulsan la acumulación y distribución de la renta?

Esta no termina de ser una pregunta amplia y de difícil respuesta. Esto es así, pues nos encontraremos en la necesidad de remitirnos a estudiar la evolución a largo plazo de la desigualdad económica y su correlación con la concentración de la riqueza, y las perspectivas de crecimiento económico ubicadas en el “core” de las políticas adoptadas por cada país -que termine por ser seleccionado como protagonista de un estudio de caso-.

Por otra parte, el camino a explicar la génesis y naturaleza de la desigualdad económica no se termina de recorrer a través de la correcta lectura del espacio-tiempo, de las condiciones exógenas y endógenas que inciden en este fenómeno. Esto significa que preguntas como la introducida no son de fácil respuesta pues todavía nos faltará superar los problemas que representan la contraposición de teorías, metodologías y la existencia de datos estadísticos adecuados.

En conclusión, respuestas unívocas y satisfactorias para todos los tastes ideológicos, seguramente nunca serán encontradas. No obstante, son cada vez más los intentos por presentar alternativas satisfactorias, que superen las tenues soluciones de compromiso.

Uno de estos intentos lo constituye el texto del profesor Thomas Piketty, titulado El Capital, en el siglo XXI (Le Capital au XXIe siècle, Editions du Seuil, París, 2013). Este texto analiza una colección de datos de veinte países, con el objetivo de descubrir los patrones económicos y sociales claves que inciden en una “galopante” desigualdad del ingreso como denuncia el autor.

En este sentido, se trata de un documento que ha provocado distintas reacciones como rechazo (por parte de los grupos libertarios y conservadores en EEUU) y aclamación (no sólo de la prensa progresista en Europa, Asia, LATAM y el mismo EEUU, sino de contradictorios “gurús económicos” como Paul Krugman. Tal vez este sea motivo suficiente para asentir que el libro no deba de ser dejado de lado por quienes pretenden formular críticas informadas –soy de la opinión de que no existen peores reacciones que aquellas guiadas por prejuicios mal informados-.

Aunque tampoco soy partidario de describir al libro como una oda en contra del neoliberalismo salvaje o una alabanza y defensa (rescate) de la clase media, considero que no está de más repensar su contenido (con la finalidad de presentar alternativas más consistentes) y la “temible” receta propuesta: gravar proporcionalmente los distintos niveles de renta y riqueza patrimonial a través de la introducción de un impuesto global del 80% a las rentas más altas y hasta un 60% a las rentas medias altas (sin olvidar la propuesta de gravar con un 10% anual a las grandes fortunas).

Es verdad que para los individuos de a pie una receta de este tipo puede sonar poco menos que razonable y justa. Recordemos que es iluso negar que no son pocos quienes se muestran partidarios de castigar al odiado capitalista -empresario depredador y mercantilista-, el cual es visto con un vil oportunista que sólo vive del Estado. Este tipo de análisis es difícil de refutar en la medida que suelen caracterizarse por una falsa ingenuidad y amarrarse al clásico enunciado: todo sea por salvar a la sociedad y sus bases.

Está claro que desde esta columna siempre apostaremos por propuestas creativas que involucren menos participación estatal y un mayor ejercicio de libertad y la razón. Por lo mismo y a modo de corolario defenderemos siempre la idea que los impuestos no representan una cura en sí misma sino una mera postergación de la agonía. Recurrir al Estado no constituye una solución per se científica y rigurosa. Tampoco el Estado debe ser presentado como un salvador, manteniendo viva la errónea creencia de que “problemas” como la desigualdad económica se solucionan persistiendo en ampliar la capacidad de los países de inyectar dinero público con miras a producir un temporal chorreo de bienestar.

Publicación autorizada por el autor para el Instituto Acción Liberal.

Artículo publicado originalmente en el Diario Altavoz.pe (05/05/2014).

 

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